Cómo empezar en la Alta Fidelidad

9 de Junio de 2018 Sarte

Consejos básicos para descubrir la Alta Fidelidad sin equivocarse

Te encanta la música y desde hace años la disfrutas con tu reproductor digital portátil y/o tu “smartphone”. Con el tiempo has ido mejorando la calidad de los auriculares y también de los contenidos que te descargas o reproduces por “streaming” de Internet.

Pero sientes que ha llegado el momento de pedir más, porque siendo cierto que la música escuchada con unos buenos auriculares puede sonar fantásticamente, también lo es que la sensación de estar libre de la restricción que comportan a nivel de espacialidad te permite experimentar más de cerca la sensación de presencia física del sonido que se percibe durante un concierto en directo. Sí, te has hartado de la cómoda dictadura del MP3 y su sonoridad metálica. Has evolucionado y has descubierto que hay vida musical inteligente más allá del audio comprimido. Total, que te has decidido a comprar un equipo de sonido con cara y ojos, un sistema de Alta Fidelidad, para entendernos. Y estereofónico… lo del sonido multicanal lo dejas para más adelante. Has mirado en tiendas y en Internet y la oferta es brutal, por lo que se impone la pregunta mágica: ¿qué directrices he de seguir para no equivocarme en mi elección?

 

Los auriculares pueden ser fantásticos, pero nada como unas buenas cajas

Ante esta situación se encuentran muchos consumidores que se plantean dar el salto del audio personal a la reproducción sonora “clásica” de alta calidad. Y la verdad es que las opciones son tantas que puede resultar muy fácil que a más de uno le den gato por liebre. Aún así, creemos que con unas sencillas directrices es posible hacerse una idea clara de lo que hay que buscar para que podamos estructurar de manera racional nuestro nuevo equipo, independientemente de cuál sea el presupuesto que le queramos asignar –no es obligatorio comprar todo de golpe-, aunque a la vez teniendo claro que hay que pensar en unos mínimos que nos aseguren dos cualidades clave: alta calidad sonora y fiabilidad. Y si además tenemos un poco de diseño, mejor que mejor.

 

Como no nos cansamos de decir, hay una jerarquía que seguir

Pues bien: lo esencial es tener en mente que en todo sistema de Alta Fidelidad existe una jerarquía, un “orden”, que si se respeta, nos permitirá no sólo configurarlo sin contratiempos, sino que nos permitirá disfrutar del mejor sonido posible.

Dicha jerarquía es muy simple y lógica: en primer lugar, tenemos la fuente de sonido, es decir, nuestro reproductor portátil/”smartphone”, un reproductor de música en red, un sintonizador de radio, un giradiscos o incluso un lector de discos ópticos tipo CD, SACD, DVD o Blu-ray Disc (aquí lo mejor es hacerse con un reproductor universal, aunque todo dependerá de nuestras prioridades). Decimos “lógica” porque lo que no pueda extraer la fuente, no lo podremos luego percibir nosotros, independientemente de lo buenos que sean los componentes del resto del equipo. En consecuencia, vale la pena prestar una atención muy especial a este elemento, tanto en el ámbito analógico como en el digital, lo que nos invita a apostar por productos y marcas de calidad: Marantz y Pro-Ject son dos opciones excelentes con una reputación legendaria y una relación calidad/precio espectacular, tanto si nuestra idea es hacernos con un sistema de base –lo que los anglosajones llaman “entry level”- como de uno de High End.

 

Una vez elegida la fuente, le toca el turno al amplificador

El siguiente paso es amplificar la música que sale de nuestra fuente con el fin de que pueda excitar con las debidas garantías las cajas acústicas. Varias son las opciones disponibles en este caso, siendo el amplificador integrado la más asequible y el conjunto formado por preamplificador y etapa de potencia la más opulenta, aunque en este sentido hay que saber que hay en el mercado diseños integrados superiores a muchas combinaciones previo/etapa.

Aquí todo dependerá de la sala que tengamos y la intensidad sonora que busquemos (lo que realmente percibimos y que se conoce como nivel de presión sonora, expresado en decibelios). En el caso del amplificador integrado (o preamplificador), deberemos asimismo considerar las opciones disponibles en términos de fuentes compatibles, ya que si vamos a utilizar un giradiscos habrá que asegurarse de que el modelo elegido incorpore la entrada pertinente, por lo general denominada “Phono”. A su vez, dicha entrada podrá ser o no compatible con los diferentes tipos de cápsulas existentes, agrupadas a nivel general en dos categorías: imán móvil o MM y bobina móvil o MC. En el caso de que solamente nos interesen las fuentes digitales, lo mejor será buscar modelos que incluyan únicamente lo que se conoce como “Entradas de Línea” (“Line”) o de “Nivel de Línea” (“Line Level”).

 

Los altavoces - Las cajas acústicas

Cerrado el tema del amplificador, el siguiente y último eslabón en nuestra jerarquía de la Alta Fidelidad lo constituyen las cajas acústicas, cuyo cometido será reproducir con la máxima precisión posible lo extraído por la fuente y magnificado por el amplificador. Las opciones son en este caso prácticamente ilimitadas, pero, a grandes rasgos, tendremos que elegir entre monitores compactos y columnas, siendo en principio el nivel de graves superior cuando más volumen de caja tengamos.

Lo más correcto es que la elección del amplificador y las cajas acústicas se lleve a cabo en el mismo instante, porque de la buena relación entre ambos componentes –a eso los expertos le llaman sinergia- dependerá que se cumplan nuestras expectativas. También aquí se puede realizar una compra escalonada en el caso de que, por motivos varios, nos interese utilizar unos monitores compactos y añadir más adelante un subwoofer para completar/extender la respuesta en graves.

 

El ajuste fino definitivo

Una vez elegidos los tres elementos clave, se puede afinar todavía más el sonido adquiriendo unos buenos cables y, si el presupuesto y los imperativos domésticos lo permiten, un mueble/rack donde instalar el sistema. Todo ello, no lo perdamos de vista, en el contexto de un “componente” adicional cuya influencia es absolutamente crítica en el sonido final: la sala en la que tengamos montado el equipo. Un elemento que merece por sí solo ser tratado aparte y del que nos encargaremos en su momento.
 

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