Discos imprescindibles (1)

5 de Octubre de 2016 Sarte

Pese a ser imprescindible en todo espacio al que son invitados los amantes del sonido con mayúsculas, nunca habíamos dedicado nuestro Blog a hablar sobre uno de los temas más populares entre ellos: esas grabaciones excepcionales que utilizamos para poner a prueba las posibilidades de nuestro equipo de Alta Fidelidad (y, por extensión, aunque menos, de Cine en Casa).

La verdad es que hay ahora mismo una oferta monumental de contenidos ejemplares pertenecientes a todo tipo de géneros musicales cuya toma de sonido permite al usuario que el término Alta Fidelidad haga honor a su nombre. Inicialmente queríamos proponer una lista de grabaciones organizadas por géneros musicales. Grabaciones bien conocidas por nosotros hasta el punto de que muchas de ellas han adquirido, con el tiempo, la condición de clásicos del High End a escala planetaria. Pero, por otro lado, son tantas las opciones a nivel de soporte que finalmente hemos organizado el presente Blog en dos partes: una dedicada a las generalidades de “hardware” y otra a los contenidos en sí.

 

Sin una buena toma de sonido no hay excelencia

De tan obvio, parece que muchos aficionados, en especial aquellos que se consideran más audiófilos que melómanos, olvidan que si la toma de sonido original no ha sido correctamente realizada, la tecnología poco puede hacer para que el resultado sonoro sea excepcional. Cierto que hay sistemas –programas, accesorios- que permiten limpiar de porquería tomas de sonido especialmente “sucias”, bien porque son muy antiguas, bien porque se efectuaron en unas condiciones poco favorables, cuando no directamente deplorables (los conciertos de música pop de los años sesenta del siglo pasado son un perfecto ejemplo de ello), pero si de verdad queremos tener a la Filarmónica de Viena o a los Daft Punk delante de nosotros estando cómodamente sentados en nuestro sillón favorito, o se parte de una buena toma de sonido o no hay negocio.
Dicho lo anterior, ¿qué entendemos por “buena toma de sonido? La respuesta parece obvia: aquella que capta toda la información tonal y espacial (ambiente incluido, sobre todo cuando se trata de interpretaciones en directo) presente en el lugar donde se realiza la grabación. Esto significa máxima extensión de la curva de respuesta en frecuencia posible, es decir, captación del grave más bajo y el agudo más extremo con los niveles de intensidad correctos; preservación de las sutilezas armónicas; mantenimiento intacto de la dinámica, y, por tanto, sin recortes en la misma; recreación del espacio donde se realizó la grabación con sus tres dimensiones –anchura, altura y profundidad- intactas para que los intérpretes ocupen el lugar que les corresponde. Parece fácil, pero la verdad es que no lo es pese a los enormes progresos realizados por la tecnología y las “trampas” disponibles para compensar pifias de base. Al final, el elemento humano siempre acaba marcando la diferencia, como lo corrobora que algunas de las grabaciones más celebradas de todos los tiempos fueran realizadas hace más de medio siglo. No en vano, la estereofonía, y, por lo tanto, el audio doméstico de calidad, vio la luz en una época en la que el interés por el sonido estaba en su apogeo y atraía a muchos talentos brillantes. Que, por ejemplo, la calidad de las grabaciones producidas por la legendaria Wilma Cozart Fine en la década de los 50’ y principios de la década de los 60’ para la división de música clásica del sello estadounidense Mercury Records demuestra hasta qué punto el talento acompañado de tecnología limitada puede superar a la ausencia de dicho talento asistida por tecnología punta. En definitiva, hay que decidir dónde ubicar a los músicos en el estudio, el tipo y número de micrófonos a emplear o las características acústicas del espacio elegido para la grabación, elementos todos ellos con una fuerte componente subjetiva, antes de dejarse impresionar por la sofisticación técnica, léase codificadores digitales, mesas de mezclas, ordenadores, programas ultrasofisticados… en suma, toda la parafernalia que ahora mismo equipa cualquier estudio de grabación de última generación. Sobra decir que estas reflexiones deben aplicarse a cualquier grabación, independientemente del soporte utilizado por la misma, es decir, disco de vinilo, disco óptico (CD, SACD, DVD Audio/Vídeo o Blu-ray Disc) o Internet (sobre todo descargas, pero también “streaming”).

 

El soporte más veterano mantiene su capacidad de seducción

Está claro que la esencia contínua, analógica, de la música hace que cualquier grabación se sienta muy a gusto en un soporte que, pese a sus limitaciones, le va como anillo al dedo. Sí, el vinilo presenta limitaciones importantes en términos de dinámica que, no obstante, pueden suavizarse mucho si la toma de sonido está bien calibrada al respecto (léase que el ingeniero responsable sepa “cuadrar” los 55 dB disponibles en el formato en cuestión), aunque por otro lado lo que no se puede evitar es el desgaste que comporta –tanto para el disco propiamente dicho como para la aguja lectura- como consecuencia del contacto físico que requiere para funcionar. Teniendo en cuenta esto, ¿qué es lo que tenemos que buscar para tener unas buenas garantías de excelencia sonora en vinilo?

 

  1. Nada como el vinilo de calidad, a poder ser virgen, porque el reciclado está lleno de impurezas. ¿Ejemplos? El sello alemán ECM o prácticamente cualquier LP fabricado en Japón marcan el camino a seguir. Retrocediendo en el tiempo unas pocas décadas, las producciones de música clásica de Deutsche Grammophon, Archiv o Decca editadas en Alemania son también excelentes. Con el renacer “comercial” del vinilo, la inmensa mayoría de títulos disponibles en el mercado –salvo los de algunos sellos “indies”- están muy cuidados a nivel físico, aunque pagando un precio, claro.
  2. Mejor un prensado de 150, 180 o incluso 200 gramos porque ello implica un disco más “plano” y una lectura más estable.
  3. Las versiones en 45 rpm, y, por tanto, repartidas en 2 vinilos, de algunos grandes clásicos aportan mejoras claras a la escucha, sobre todo en dinámica, espacialidad y definición de los agudos, porque, al ser el surco más amplio, la aguja lectora lo puede explorar mejor y captar más detalles. No obstante, se trata de una solución algo engorrosa y cara, de hecho más le excepción que la norma.
  4. El súmmum: las grabaciones de Mobile Fidelity Sound Lab (MFSL). Por desgracia, en nuestro país no se les dio mucha importancia en su momento, pero son, por definición, lo más de lo más en vinilo si la toma de sonido es buena. ¿Por qué? Pues porque se obtienen a partir de la cinta master original, no de una copia de la misma, grabando a mitad de la velocidad normal –lo que permite preservar mejor los detalles de todo tipo- y utilizando vinilo virgen. La buena noticia es que el sello estadounidense está alcanzando impulso de nuevo en los últimos años, como la corrobora la reedición de títulos pertenecientes a grabaciones históricas de música pop y rock; la mala es que los precios son entre elevados y muy elevados aunque ya les adelantamos que  la inversión vale la pena porque las diferencias se notan.

 

Digital: ¡cuidado con la seducción de la tecnología!

Lo digital, por aquello de que es muy objetivo, estricto, “numérico”, parece que a nivel de soporte para los perfeccionistas del audio es una especie de “sota, caballo y rey”. Pero no, porque a las consideraciones anteriores sobre la toma de sonido hay que añadir el tipo de procesado que se aplica una vez que la señal es convertida en digital. Aquí el parámetro fundamental es la combinación de frecuencia de muestreo, es decir, el número de muestras que se toman de la señal analógica cada segundo, y cuantificación, léase el número de bits con que se representa la intensidad de señal correspondiente a cada muestra. Dicho esto, lo que hay que tener en cuenta a la hora de tratar con música registrada digitalmente –en cualquier soporte- es lo siguiente:

 

  1. A igual calidad de la toma de sonido, para una frecuencia de muestreo dada, la calidad sonora final debería ser superior a medida que aumenta la cuantificación. Asimismo, para una misma cuantificación, a mayor frecuencia de muestreo, más calidad.
  2. Las frecuencias de muestreo de base son 44’1 kHz para el CD, 48 kHz para el DVD Vídeo/Audio y 192 kHz para el Blu-ray Disc. Por su parte, el SACD funciona con una codificación monobit llamada DSD que utiliza una frecuencia de muestreo de base de 2’8 MHz (lo que se conoce como DSD64, puesto que equivale a 64 veces la del CD). Hay formatos más avanzados como el DXD, que trabajan con frecuencias de muestreo más elevadas (352’8 kHz o 384 kHz), o las versiones “pro” del DSD (DSD256 sobre todo) que por el momento están disponibles de forma limitada a los usuarios de a pie en forma de descargas de pago.
  3. En lo que respecta a los bits de cuantificación, el CD y el DVD utilizan 16 y el Blu-ray Disc 24, mientras que las codificaciones “pro” antes citadas trabajan con 32.
  4. Cuidado con las remasterizaciones porque, aunque sobre el papel aporten más calidad (como mínimo más dinámica y menos ruido), la verdad es que en el fondo todo depende de la calidad de la grabación inicial. Hay muchas decepciones en este sentido.
  5. Más peligrosos aún que las remasterizaciones son los “procesados milagro” porque comportan manipulaciones en la señal de audio que a menudo, en especial sobre tomas de sonido bien ejecutadas, acaban resultando producentes. Especialmente peligrosas al respecto, salvo si se hacen con el máximo esmero, son las transcodificaciones, es decir, la conversión de un tipo de codificación digital en otro, ya que comportan mucha complejidad y un elevadísimo grado de manipulación de la señal.

Bien, pues: apréndanse la lección para jugar sobre seguro y tengan en cuenta que lo comentado aquí será la base para la selección que presentaremos en la próxima entrega.

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