Cómo elegir un buen giradiscos

8 de Julio de 2019 ada

El espectacular renacimiento del disco de vinilo, y, por lo tanto, del giradiscos, ha hecho que las marcas que siempre han creído en dicho soporte hayan redoblado sus esfuerzos para ampliar su oferta en número de productos y calidad. Y también que fabricantes que “pasaban” del tema se hayan apuntado a lo que es ya una tendencia consolidada.

El resultado de todo esto es que hay ahora mismo en el mercado un montón de giradiscos y, claro, es más que probable que muchos aficionados de última hornada se encuentren en un verdadero aprieto a la hora de elegir entre tanta variedad. De ahí que en las líneas que siguen intentemos dar una serie de orientaciones que les iluminen en su búsqueda.

 

Lo primero de todo: tener muy claro cuál es la misión de un giradiscos

Un giradiscos puede llegar a ser tremendamente complejo al tratarse de un dispositivo eminentemente mecánico y repleto de componentes susceptibles de aceptar diferentes grados de refinamiento en los materiales, los componentes y las soluciones de ingeniería utilizados. Pero la esencia de su misión es tremendamente simple: crear una plataforma lo más perfecta posible para que el sistema de lectura, léase el conjunto brazo-cápsula, pueda realizar su misión en condiciones óptimas. ¿Qué significa “condiciones óptimas?

Pues que el sistema de lectura esté lo más “tranquilo” y aislado posible, lo que implica por un lado una velocidad de rotación muy precisa y, por otro, que no haya la más mínima influencia procedente del exterior, es decir, el ambiente circundante. Hablamos de interferencias que pueden tener un origen mecánico, acústico, eléctrico o magnético. Como ven, son muchos los parámetros a manejar y la gracia con que cada fabricante los integre marcará la diferencia entre lo bueno, lo muy bueno y lo excelente.

 

La “plataforma”: el conjunto chasis-plato

Dicho lo anterior, la lógica nos dice que la base sobre la que descansa todo debe ser lo más neutra posible desde el punto mecanoacústico, de modo que no aporte su impronta al sonido y por tanto lo distorsione/coloree. Esto implica que dicha base absorba cualquier posible vibración y la evacue lo antes posible. Para lograr este objetivo, tenemos que investigar la presencia de materiales y estrategias encaminadas a lograr dicho objetivo, que a efectos de ingeniería, implica lograr lo que se conoce como control de vibraciones.

En los giradiscos más asequibles, lo que se suele hacer es combinar madera –por lo general MDF de grosor variable y debidamente tratada- con otros materiales, una solución muy efectiva en términos de relación prestaciones/coste. El siguiente paso es ”suspender” el plato, utilizando un abanico de soluciones que van desde sencillos muelles o incluso tacos de goma tratada (el célebre compuesto TPE de Pro-Ject) para soportar la base sobre la que descansa dicho plato a fin de que el mismo “flote”. El componente a considerar a continuación es, por supuesto, el plato en sí, de importancia fundamental por cuanto sobre el mismo se colocará el disco de vinilo para su lectura. De nuevo, lo que buscaremos será una neutralidad mecanoacústica exquisita, idealmente total. Para ello se suelen combinar distintos materiales, pese a que en algunos modelos se utiliza un mismo material, caso del metacrilato, el aluminio, el metal cromado o el vidrio, acompañado por un tratamiento más o menos elaborado encaminado a lograr la mencionada “neutralización tonal”. Una solución que proporciona unos resultados espléndidos en modelos de precio democrático es la combinación de madera y resinas en, por ejemplo, una estructura sándwich.

Aquí, el talento y el compromiso del diseñador son fundamentales porque a la postre el material o mezcla de materiales elegida será fruto de la combinación de mediciones de laboratorio y pruebas de escucha exhaustivas.

 

El motor y el sistema de tracción

La inmensa mayoría de giradiscos actualmente disponibles en el mercado utilizan lo que se llama tracción por correa para mover el plato. Una solución clásica con más de 100 años sobre sus espaldas pero que funciona. De nuevo, los niveles de sofisticación disponibles son muy numerosos tanto en lo que respecta al motor en sí como componente electromecánico, como en la ubicación del mismo en el giradiscos. Por lógica, del motor debemos exigir que gire a la velocidad exacta -331/3, 45 ó, si se tercia. 78 revoluciones por minuto o rpm- y que lo haga con una estabilidad absoluta, sin variaciones y sin ruido. Hay motores de corriente alterna y otros de corriente continua, pero lo más importante es que sean silenciosos y que en el caso de que se produzcan variaciones en la velocidad de giro, por pequeñas que puedan ser, las mismas se puedan corregir. Esto nos lleva a distintas estrategias ampliamente contrastadas, siendo la más efectiva y popular de ellas el control electrónico en tiempo real, que en algunos diseños se complementa con un volante de inercia que se intercala entre plato y motor para estabilizar mecánicamente la velocidad de giro.

Ya para finalizar, hay que tener en cuenta la componente mecánica del motor, lo que significa que si se puede “aislar” de su entorno, mejor que mejor. De ahí la ubicación del motor en un bloque independiente acompañado por elementos aislantes para evitar que vibre y, mejor aún, situar ese bloque fuera del chasis del giradiscos de tal modo que el único cordón umbilical entre ambos componentes sea la correa de tracción. Existe asimismo un sistema de tracción que fue muy popular en la década de los 70 y que ha vuelto con fuerza, completamente puesto al día, en los últimos años: la tracción directa, que en la rotación del disco se genera mediante la alternancia de polos magnéticos situados debajo del plato. Que marcas tan reconocidas por su purismo como la alemana Brinkmann hayan apostado por el sistema en cuestión dice mucho a su favor, a la vez que desde el punto de vista práctico una gran ventaja del mismo es su enorme par, que hace que el arranque del plato sea virtualmente instantáneo.

Volviendo a los sistemas con tracción por correa, baste decir que aspectos tales como el tipo de material empleado en la fabricación de esta última y el hecho de que la polea del motor –es decir el componente que “tira” de la correa y provoca la rotación del plato- sea de plástico o metálica, por ejemplo, tiene también su influencia en el sonido.

 

El brazo de lectura y sus ajustes

Una vez definida la plataforma sobre la que descansa el disco, le toca el turno al brazo de lectura, cuyo cometido es establecer unas condiciones de trabajo óptimas para la cápsula fonocaptora, responsable última de la “extracción” del mensaje musical contenido en el disco que queremos escuchar. Aunque a muchos pueda parecerles increíble, la cuantificación de la relación entre brazo y cápsula es altamente sofisticada, porque ambos elementos definen un sistema electromecánico con características propias que, en consecuencia, influyen directamente en el sonido. Por lo tanto, nos concentraremos en lo práctico y haremos la pregunta del millón: ¿cuál es la misión del brazo de lectura? Pues, como acabamos de sugerir, facilitar el trabajo de la cápsula y, al estar ésta integrada en el brazo, hacerlo con las máximas garantías.

Lo que acabamos de decir implica por un lado calidad en los materiales empleados para la construcción del brazo y, por otro, que el mismo disponga de cuantos más ajustes relevantes mejor y que el rango de opciones para cada ajuste sea externo y preciso a partes iguales, a lo que hay que añadir otro elemento crucial: la minimización del error de lectura, existente siempre en los brazos al uso –pivotantes, es decir que giran alrededor de un pivote- aunque no en los de tipo tangencial, que no obstante se utilizan muy poco por los problemas de mantenimiento inherentes a los mismos. Otro elemento a tener en cuenta es el montaje de la cápsula, que se realiza bien directamente en el extremo anterior del brazo bien en un portacápsulas que tiene la ventaja de poder desmontarse pero por otro lado “rompe” la integridad estructural del conjunto. De nuevo, todo es cuestión de hacer las cosas bien, porque los portacápsulas correctamente diseñados –los podemos ver en algunos giradiscos de élite de Pro-Ject y EAT o en los brazos de la danesa Ortofon- no perjudican lo más mínimo al sonido.

¿Ajustes? Tomen nota: idealmente, altura del brazo, fuerza de apoyo vertical, antideslizamiento, desplazamiento del brazo con respecto al eje de giro y azimut (que permite girar el tubo del brazo para que la cápsula esté perfectamente paralela al disco y por tanto el nivel de señal correspondiente a cada canal sea el mismo). ¿Es necesario tener todos estos ajustes? Todo depende, porque en la mayoría de los giradiscos suministrados de serie con su propio brazo el error de lectura ya está minimizado y la altura del brazo establecido, por lo que bastará con actuar sobre la fuerza de apoyo y el antideslizamiento.

 

Elementos complementarios que se agradecen

Al principio hablábamos de garantizar una rotación estable para el disco, pero también hay que asegurarse de que dicho disco esté perfectamente plano en el momento de la lectura para que la cápsula no cometa errores innecesarios.

Pues bien: tal “pegado” se consigue bien con un prensador del disco dedicado, bien succionando este último con una bomba de aire –solución compleja y cara que puede acarrear problemas de mantenimiento importantes aunque si está bien ejecutada es muy efectiva- bien prensándolo con un anillo metálico por su perímetro externo (solución de lujo utilizada por la alemana Transrotor). También resulta muy efectivo y barato el uso de una esterilla y, por poco que se pueda, recomendamos el uso de una base dedicada y, si el diseño de nuestro giradiscos lo permite, el empleo de un cable de alta calidad en la conexión a nuestro amplificador integrado, preamplificador o previo de fono.

 

Si entendemos la jerarquía y la aplicamos bien, todo irá sobre ruedas

Observen que si se comprende el concepto de base, todo es cuestión de respetar la jerarquía que en cierto modo hemos definido e ir ampliando las opciones posibles a medida que aumentamos nuestro nivel de exigencia.

De ahí que ahora mismo por 500 euros podamos tener giradiscos muy buenos y por 1.000 –caso del icónico The Classic de Pro-Ject- máquinas realmente sensacionales. Al final, una vez determinado el nivel de producto que queremos, la diferencia la marcará la cápsula fonocaptora, un ámbito en que el repertorio de opciones disponibles es impresionante.
 

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