Audiolab es una de esas marcas que están conociendo una segunda vida por cortesía de quienes en su momento apostaron por una filosofía que encaja a la perfección con las nuevas generaciones de melómanos y audiófilos. Esto nos lleva a una de las categorías de producto que goza de mayor predicamento entre los aficionados, que es la de los procesadores digitales de audio, conocidos popularmente como DAC’s, al ser la razón de su existencia aprovechar plenamente lo que nos ofrece el sonido digital de mayor nivel, ya sea vía descargas, por servicios de música online tipo Qobuz o incluso desde una mecánica de transporte/reproductor de disco óptico CD, SACD, Blu-ray Disc).

En estas coordenadas, la propuesta más reciente de la compañía británica fundada en 1983 por Philip Swift y Derek Scotland, de nombre D9, debe considerarse una verdadera maravilla, puesto que por un precio extremadamente competitivo exhibe una fantástica lección de saber hacer en clave audiófila, desde una sección digital a la última hasta una conectividad ultracompleta, pasando por una construcción irreprochable, una interfaz de usuario muy bien pensada, una estética innegablemente atractiva, y, una sección analógica propia de realizaciones de precio sensiblemente superior. En definitiva, espíritu Audiolab en estado puro.
Convertidor de Digital a Analógico o DAC: a más precisión, más musicalidad
A menudo hemos hablado en este espacio sobre la importancia fundamental (en el ámbito “numérico”) de los componentes, topologías circuitales y subsistemas analógicos, léase condensadores, bobinas, fuentes de alimentación, placas de circuito impreso, conectores y un largo etcétera. Sin embargo, no hay que perder de vista que esta amalgama de elementos está al servicio de una misión primordial: la conversión en una forma de onda continua de los trenes de datos o flujos digitales procedentes bien de la lectura de un disco óptico, de la reproducción de un archivo descargado de Internet o de un servicio de streaming de música (Qobuz, TIDAL, Spotify). Una tarea de la que se encarga el convertidor de digital a analógico (D/A), conocido coloquialmente por sus siglas en inglés DAC y que se presenta integrado en un “chip”, pese a que hay unas pocas marcas que optan por soluciones propias que no procede comentar en estas líneas.

Dicho “chip” es una pequeña maravilla de la ingeniería electrónica que debe manejar, en las debidas proporciones, las tensiones y corrientes correspondientes a los ceros y unos lógicos (el de nominado lenguaje binario) que contienen la información de audio. Obviando los detalles técnicos, los parámetros de base a considerar son la frecuencia de muestreo (“Sample Rate”) máxima admitida, o sea el número de muestras de la señal analógica original recogidas por segundo, y los bits con los que se cuantifica (“mide”) el valor o amplitud de cada una de dichas muestras (“Bit Depth”). Así, a día de hoy, en el primer caso tenemos, en el ámbito del PCM, hasta 768 kHz, y en el segundo hasta 32 bits.

La codificación DSD trabaja con otros parámetros porque se trabaja con una frecuencia de muestreo notablemente superior y 1 único bit de cuantificación, aunque se puede establecer una correlación entre ambas. Sobra apuntar que de la precisión con que se lleve a cabo el proceso de “reconversión” al mundo analógico dependerá de la musicalidad del mensaje sonoro: de ahí la existencia de DAC’s (no hay que confundir la parte con el conjunto en su totalidad, cosa por otro lado harto frecuente) “premium” firmados por marcas del prestigio de ESS Technology, Texas Instruments, Asahi Kasei Microdevices (AKM) y, en menor medida, Cirrus Logic.
D9: un conglomerado de soluciones impresionante al alcance de (casi) todos


Además, esta característica hace que sea posible remuestrear cualquier señal de audio digital hasta 352’8 kHz o 384 kHz, mejorando sensiblemente la definición de contenidos antiguos. En el ámbito analógico, el D9 impacta por la opulencia de su fuente de alimentación (con transformador toroidal blindado y condensadores premium), una sección de salida ejecutada con componentes de grado audiófilo y un potente amplificador de auriculares con topología de realimentación de corriente, diseñado para excitar con holgura un amplio espectro de cascos. A ello hay que añadir una generosa conectividad analógica (con salidas balanceadas) y digital (con tomas coaxiales, ópticas, USB y AES/EBU y Bluetooth 5.1 compatible aptX HD y LDAC), una gran pantalla de visualización (IPS) en color y un elegante recinto construido en aluminio que contribuye a minimizar la influencia de posibles interferencias externas.
Una polivalencia que va como anillo al dedo al nuevo audio digital
Probamos el D9 en compañía de un amplificador integrado Musical Fidelity A1 y una pareja de columnas JBL Studio S698, utilizando de fuente un streamer WiiM Pro y una mecánica de transporte Audiolab 7000CDT, estando la totalidad del conjunto cableado por In-Akustik. Nuestro pequeño DAC despunta de inmediato por la soltura (gracias a una precisión tonal impoluta) con que trata los contenidos musicales que le suministramos, ya sea una voz solista, un grupo de rock, un cuarteto de jazz o una pieza sinfónica clásica interpretada por una gran formación orquestal.

La capacidad de discriminación del D9 se percibe desde el principio, signo inequívoco de una concepción orientada a maximizar el potencial de las grabaciones “Hi-Res”, CD’s con una buena toma de sonido incluidos. La escena sonora es amplia y está magníficamente estructurada, con los distintos instrumentos “respirando” cómodamente, mientras que la dinámica se encuentra a caballo entre la relajación “british” y el ímpetu “americano”. La guinda la pone un amplificador de auriculares literalmente brioso, a la vez que minucioso en su presentación d ellos timbres… ¡un auténtico regalo para los oídos!